Muchas de nuestras familias emigraron a los Estados Unidos con la esperanza de una vida mejor. Lo que no se esperaban es que establecer una vida aquí y tener hijos los llevaría a cuestionar su propio proceso de crianza. Muchos de nuestros padres nunca aprendieron prácticas de crianza saludables; muchos de ellos fueron, a su vez, sobrevivientes de abuso y luchan por brindar a sus hijos una presencia serena y constante en la que estos puedan crecer y aprender. Sus hijos han crecido en comunidades donde fueron asimilados al no tener otras opciones. Al igual que sus padres, ahora deben sobrevivir en un sistema que no les brinda un apoyo pleno. Esto genera una distancia respecto a nuestras familias: los padres no logran comprender los puntos de vista, las luchas, el idioma ni las costumbres de sus hijos, y estos, por su parte, no logran captar plenamente la forma en que sus padres ejercen la crianza, ni el motivo por el que se aferran con tanta fuerza a normas culturales que, en apariencia, no tienen cabida aquí. Mi esperanza es que, a través de la educación, logremos tender un puente entre padres e hijos para profundizar nuestra comprensión mutua y utilizar nuestros dones culturales con el fin de enriquecer y fortalecer nuestras relaciones.
Muchas de nuestras familias emigraron a los Estados Unidos con la esperanza de una vida mejor. Lo que no se esperaban es que establecer una vida aquí y tener hijos los llevaría a cuestionar su propio proceso de crianza. Muchos de nuestros padres nunca aprendieron prácticas de crianza saludables; muchos de ellos fueron, a su vez, sobrevivientes de abuso y luchan por brindar a sus hijos una presencia serena y constante en la que estos puedan crecer y aprender. Sus hijos han crecido en comunidades donde fueron asimilados al no tener otras opciones. Al igual que sus padres, ahora deben sobrevivir en un sistema que no les brinda un apoyo pleno. Esto genera una distancia respecto a nuestras familias: los padres no logran comprender los puntos de vista, las luchas, el idioma ni las costumbres de sus hijos, y estos, por su parte, no logran captar plenamente la forma en que sus padres ejercen la crianza, ni el motivo por el que se aferran con tanta fuerza a normas culturales que, en apariencia, no tienen cabida aquí. Mi esperanza es que, a través de la educación, logremos tender un puente entre padres e hijos para profundizar nuestra comprensión mutua y utilizar nuestros dones culturales con el fin de enriquecer y fortalecer nuestras relaciones.